MIERCOLES DE
CENIZA
Origen del Miércoles de Ceniza
Para conocer el origen de este
día hay que remontarse al siglo IV, cuando se fijó que la Cuaresma podía tener
lugar entre el 4 de febrero y el 10 de marzo. Para su cálculo se utilizaba
el denominado ‘Computus’. En los siglos VI y VII cobró gran importancia
el ayuno como práctica cuaresmal, algo que jamás ocurría en
domingo por su condición de festivo, por lo que se movió al miércoles previo.
Por su parte, la imposición
de las cenizas en este día viene de una antigua tradición hebrea. Los
judíos se cubrían con cenizas después de haber pecado o como preparación
para algún acontecimiento señalado. Con esta práctica pretendían acercarse
más a Dios a través del arrepentimiento. Así, las cenizas tienen sentido
simbólico de muerte y caducidad, pero también de humildad y
penitencia.
Periodo de arrepentimiento
Durante esta jornada, los
cristianos practicantes deben confesar sus pecados, ya que es un día para
reconocer la propia fragilidad y la mortalidad. Después hay que pedir
perdón a Dios con una serie de obligaciones que sirven para demostrarle la
intención de ser mejores. Así, en este Miércoles de Cenizas, igual que el día
de Viernes Santo, los fieles mayores de 18 años y menores de 60 deben realizar
ayuno, con lo que solo pueden hacer una comida fuerte. Asimismo, comienza la
época de abstinencia de carne (blanca, roja y sus derivados) durante
todos los viernes de Cuaresma para aquellos que tengan más de 14 años.
Por otra parte, durante la
celebración de la eucaristía de este día es costumbre que un sacerdote, o
diácono si no se va a la iglesia, dibuje en la frente de quien lo deseé
una cruz de ceniza. “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”o
“Arrepiéntete y cree en el Evangelio”, son las dos fórmulas del Misal Romano
que el sacerdote pronuncia cuando impone la ceniza, obtenida de los restos
que surgen al quemar las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior.
El Papa Francisco recuerda el
significado de este Miércoles de Ceniza: “La Cuaresma es un tiempo para
creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su
morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia
de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o
falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a
Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad»
(Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador”.
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